Las olimpiadas filosóficas

En estas líneas Félix García Moriyón narra cómo nacieron las olimpiadas de Filosofía en España y el sentido que tiene llevar a cabo esta actividad. 

 

Estamos en plena “temporada” de olimpiadas filosóficas, actividades organizadas por un profesorado comprometido con la presencia de la filosofía en secundaria y bachillerato. En la primavera se celebran las finales en las comunidades y la final española. Los días 21 y 22 de marzo fue la final de la IX Olimpiada Filosófica de Madrid (OFM). La final de la VI Olimpiada Filosófica de España (OEF), a la que acuden quienes ganaron sus respectivas Olimpiadas, se celebra en Málaga los días 26 y 27 de abril de 2019. El tema de este año ha sido Realidad y Apariencia en el mundo actual

La historia se remonta a hace dieciocho años, cuando comenzó la Olimpiada de Asturias, centrada en la disertación o ensayo filosófico. Hace catorce años se inició la de Castilla y León. Mi instituto y luego otro centro también de Madrid pedimos participar en esta Olimpiada y nos aceptaron con gusto. Después de tres años participando, convoqué una reunión en el IUCE de la UAM a la que asistieron la SEPFI, el Centro de Filosofía para Niños  y varios profesores y profesoras de filosofía, para organizar la Olimpiada en Madrid, y en el 2011 se celebró la primera OFM. Como novedad, incluimos una segunda prueba, los dilemas morales para alumnado de secundaria, y posteriormente otras dos no escritas: fotografía filosófica y vídeo. Los alumnos participaron así en cuatro pruebas diferentes, y añadimos en Madrid una prueba fuera de competición, el debate filosófico: en el acto de la final, dos grupos de cinco alumnos de dos centros, debaten sobre el tema de la Olimpiada. Esta es, quizá, la actividad más atractiva para los 500 alumnos que asisten a esa final, pues pueden participar también en el debate.

Pasados tres años, en colaboración con la Facultad de Filosofía de la UCM y con la Olimpiada de Castilla La Mancha, la OFM lanzó la propuesta de hacer una Olimpiada Española de Filosofía, celebrando la primera edición en 2015, en Madrid. En esta no hubo muchas comunidades, pero luego se fueron sumando otras y ahora están todas, faltando solo Ceuta y Melilla. Todo un éxito, que logra la implicación de unos 20.000 alumnos (cifra que posiblemente sea bastante más alta en la realidad) y cientos de profesores y profesoras de filosofía.

Dejando a un lado la historia, lo importante son los objetivos. Los últimos incorporados, la olimpiada de Euskadi, lo dejan claro: «Su objetivo es acercar la filosofía a la realidad del alumnado, aumentar su presencia en la escuela, consolidar y complementar los contenidos del currículo, establecer lazos entre el profesorado, abrir vías de comunicación entre la enseñanza secundaria y la universitaria, y promover la reflexión, el pensamiento crítico y el diálogo en la sociedad vasca.»

Podemos mantener que la historia de la enseñanza, y en concreto de la enseñanza de la filosofía, registra  una larga tarea en permanente proceso de revisión y transformación, provocadas por los cambios sociales, económicos, culturales  y políticos y también por las aportaciones que en los dos últimos siglos han ido haciendo las disciplinas de la psicología y la pedagogía. Y en esa larga historia hay quienes han insistido más en la tarea de transmitir unos conocimientos de los que el alumnado debe apropiarse y quienes han puesto el énfasis en implicar al alumnado en la creación de conocimientos. Aunque a finales del siglo XIX, un gran movimiento de renovación pedagógica se presentó como Escuela Nueva, oponiendo una escuela tradicional (puramente transmisora) frente a una escuela innovadora (más volcada en la implicación activa del alumnado en su propio aprendizaje), el hecho es que ambos enfoques son igualmente tradicionales.

En el caso de la filosofía, la dicotomía se planteó ya en la polémica entre Kant (lo importante es enseñar a filosofar) y Hegel (para filosofar hay que saber filosofía). Los “kantianos” pueden apelar sin duda a Sócrates, en parte a Platón y a escuelas postaristotélicas, pero también a Abelardo o a las universidades medievales promotoras de las famosas questionae disputatae o a Tomás de Aquino, cuyas sumas son un modelo de escritura basada en el diálogo de posiciones opuestas en torno a una pregunta. Lo “hegelianos” tienen también importantes antecedentes en la tradición, empezando por Aristóteles, autor del primer esbozo de una historia de la filosofía, y continuando por las diferentes configuraciones de la educación formal en la que la memorización significativa de conocimientos es el objetivo central.

Pues bien, la Olimpiada supera un planteamiento dilemático de esas dos tendencias y propone un enfoque integrador: no se puede enseñar filosofía si no se hace filosofía, destacando la filosofía como un actividad personal de reflexión crítica, y no se hace filosofía si no se sabe filosofía, es decir, si no se está familiarizado con una larga tradición filosófica en la que se han ido planteando preguntas y respuestas. Saber filosofía y hacer filosofía son tareas intrínsecamente unidas. Las cuatro pruebas de la Olimpiada ejemplifican ese enfoque puesto que en todas ellas se pide al alumnado una toma de posición filosófica personal ante un gran tema de carácter filosófico, utilizando el lenguaje escrito y también el lenguaje visual y audiovisual. Y lo mismo ante un problema moral en el que al alumnado se le pide que tome una decisión en la que, en el fondo, está en juego la clase de persona  que se quiere ser y la clase de mundo en el que quiere vivir.

Es decir, se trata de promover un marco general para afrontar la enseñanza y el aprendizaje de la filosofía en la adolescencia, de los 12 a los 18 años, en el que los contenidos y las competencias filosóficas vayan de la mano, siendo tanto la disertación como los dilemas el mejor modo de evaluar el progreso filosófico del alumnado. En esto, curiosamente, coincidimos con las orientaciones del MECD sobre competencias, contenidos y evaluación.

Félix García Moriyón